Querida lectora,
La historia que estás por leer no busca juzgar a nadie ni poner en duda la fe de otros. Su intención es más profunda: invitarnos a reflexionar sobre nuestros actos y preguntarnos si aquello que hacemos en nombre de la fe realmente refleja lo que decimos creer.
A veces es más fácil señalar errores ajenos que detenernos a analizar si nuestra conducta nace del amor, la coherencia y el respeto, o si solo estamos aparentando una espiritualidad que no siempre se traduce en cuidado hacia los demás.
Este relato anónimo no cuestiona a Dios, sino la forma en que los seres humanos vivimos —o decimos vivir— nuestra fe. Léelo con apertura, no para juzgar, sino para mirarte con honestidad y preguntarte si tus acciones agradan al Señor o solo cumplen con una imagen.
Tenía diez años, casi once, cuando una joven de diecinueve llegó a trabajar a nuestra casa como niñera. Su trabajo era cuidar a mi hermano menor, que apenas tenía un año. Desde el inicio, se mostraba como una persona profundamente religiosa. De esas que defienden su fe con firmeza y discuten con quienes no pertenecen a su misma iglesia. A simple vista, parecía una buena persona.
Mi madre la ayudó mucho. Venía de una situación económica difícil y en casa intentamos apoyarla más allá de lo laboral.
Un año después, mi madre descubrió que mi padre —entonces de treinta y ocho años— mantenía una relación con ella.
Mi padre nunca fue un buen esposo. Las infidelidades habían sido constantes a lo largo del matrimonio: con conocidas, vecinas, compañeras de trabajo. Mientras tanto, era mi madre quien sostenía la casa económica y emocionalmente, además de encargarse de la crianza.
Cuando se enteró de la relación con la niñera, mi madre tomó dos decisiones firmes: la despidió y lo sacó de la casa. Él negó todo. Dijo que eran chismes. Ella nunca confrontó a la joven, simplemente cortó el vínculo laboral. A él no le creyó.
Mi padre terminó yéndose a vivir con ella.
A partir de ese momento comenzó una etapa de hostigamiento que marcaría a toda la familia.
La joven llamaba todos los días al teléfono fijo de la casa para insultar, provocar y molestar. Mi padre tenía permiso de visitarnos los sábados, ese era el acuerdo. Aun así, ella insistía en llamar, preguntando por él, reclamando, atacando.
Un Día de las Madres, él pasó por nosotros para visitar a mi abuela (a su mamá). Ese mismo día, ella llamó a mi madre para preguntarle por qué no lo aceptaba de nuevo, argumentando que “él siempre estaba metido en nuestra casa”. No era verdad. Solo iba los sábados.
Consiguió mi número de celular y comenzó a llamarme para insultarme. Hizo lo mismo con otros familiares. Mi padre sabía todo esto. Nunca puso un límite.
Pasaron los años.
Mi padre enfermó, perdió su trabajo, y entonces ella llamó a mi madre para pedirle que se hiciera cargo de él. Argumentó que mi madre seguía siendo su esposa. Mi madre accedió a ayudar únicamente con medicamentos. Nada más.
Pocos meses después, mi padre falleció.
Con su muerte, el acoso terminó. O eso creímos.
Dieciocho años después, esa misma mujer volvió a contactarnos. A mí y a mi madre. La bloqueamos, pero la sensación de desconcierto permanece. No logro entender la necesidad de seguir hostigando, especialmente ahora que mi madre está enferma y es probable que ella lo sepa.
Puedo comprender que, cuando tenía diecinueve años, mi padre —mucho mayor— pudiera haberla manipulado. Pero con los años, siendo ya una adulta, siguiendo congregada en una iglesia, defendiendo su fe con fervor… ¿por qué seguir actuando así?
Estas experiencias son las que me hacen dudar. No solo de la existencia de Dios, sino del discurso de muchas personas profundamente religiosas. Porque lo que viví, lo que hizo esta persona, no es lo que —según dicen— Dios enseña.
No todas las heridas vienen del mundo “de afuera”. Muchas nacen dentro de espacios que prometen cuidado, verdad y amor.
Tal vez la pregunta no sea si Dios existe, sino qué hacemos los seres humanos con la idea de Dios.


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